La tierna infancia

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Llevo días sin percatarme de las señales traviesas que señalaban el contenido de este post. Comienzan el viernes pasado, cuando la tormenta veraniega me sorprende saliendo de la biblioteca. Me resguardo del chaparrón en el soportal más cercano que encuentro donde otros como yo han encontrado su refugio temporal. El grupo en cuestión lo forman un par de adultos con sus hijos. Estos últimos, lejos de aburrirse sin el parque (ahora enfangado y cruelmente resbaladizo), se entretienen entusiastas con el agua y los rayos que aparecen en el cielo encapotado.

Me vuelven los recuerdos. Yo también fui una niña que pasaba las tardes de aluvión en compañía de otros chiquillos bajo un porche. Nos apretujábamos en aquel minúsculo hueco y jugábamos a las cartas o a las palmas. Algún adulto se acercaba entonces a nosotros y nos revelaba el gran misterio de la tormenta.

-¿Queréis saber a qué distancia está? No tenéis mas que contar los segundos entre la luz que veis en el cielo y el sonido que viene a continuación. Si los segundo descienden, es que se acerca y si aumentan, se aleja.-

Contengo el aliento cuando efectivamente en el escenario que estoy viviendo un adulto hace el mismo comentario a los niños y todos en coro comienzan: Uno, dos, tres, cuatro... Los hay que confirman el sonido casi instantáneamente y los hay que lo niegan porque el conjunto de voces ahoga cualquier trueno que se precie.

 El paralelismo con aquellas tardes es inevitable cuando dos niñas con sus palmas entonan “En la callelle, veinticuatrotro ,habidodo, un asesinatoto...”. Cuando eres pequeño, uno no se pregunta de donde demonios salen esas letras o por qué es pobre la vieja de la calle 24, ¿por el gato o por la punta de su zapato?

Es fascinante, sin embargo, el poder de misterio que envuelve la infancia. Cuando todo lo que conoces gira en torno a tus progenitores y lo demás se vuelve un vástago mundo por descubrir. Y la información transmitida de boca a boca es tan valiosa y fidedigna como las noticias de los telediarios.

Hoy reflexionaba Eduardo Punset sobre los bebés en su programa Redes. En particular, destacaba la gran importancia del tiempo que el bebé se dedica a aprender a aprehender y aprender a imaginar. ¿Sabíais que los pollitos de las gallinas tardan media hora desde que salen del huevo en independizarse? Y sin embargo, son los seres vivos que más tardan en independizarse los más inteligentes del reino animal.

Dentro del programa, se destacaban la cualidades de la imaginación de los niños: fomenta la búsqueda de soluciones alternativas, desarrolla la capacidad de empatía y favorece la inteligencia. Es decir, en los últimos años se ha descubierto que no es necesariamente alarmante que un niño tenga un amigo imaginario. Al contrario, puede resultar ventajoso para el futuro porque ejercita su inteligencia creativa.

Finalmente, hay algo que me ha motivado a escribir sobre la infancia: la mía propia. Hoy mis padres volvían de casa de mi tío Alejandro con un video analógico rescatado del tiempo gracias a la digitalización. En él aparecía yo con cinco años, persiguiendo a las gallinas con el mismo entusiasmo (o incluso más) que los niños aquellos con la lluvia. Estudié detenidamente mi rostro impresionado por el plumaje de esas gallinas tan independientes pero tan estúpidas. Y supongo que aquel misterio (el de las gallinas que corrían sin ton ni son) logró despertar durante unos minutos mi floreciente imaginación.


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1 comentario :

  1. Precioso, me ha encantado, es
    simplemente tierno, dulce y
    lleno de sentimientos ... ;)

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