Homs pre-revolucionaria

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El reloj nuevo de Homs. /Laila Muharam

“Yo perdí a un hermano. Hace años se lo llevaron las fuerzas de seguridad y desde entonces no sabemos nada”, me confesó Lana (nombre ficticio, como todos) mi último día en Homs. Antes de salir hacia el aeropuerto de Damasco, la directora de mi escuela de idiomas me regaló un libro sobre la historia de Palestina en imágenes. La nota que me dedicó decía: “Volveremos a vernos, si Dios quiere”.
 
Aquella confesión contrastaba radicalmente con la imagen mental que me había fabricado. Cuando la conocí sentada detrás del enorme escritorio que presidía la sala de recepción, recuerdo haberme fijado en el retrato de Bashar al Assad sobre su cabeza. Confundí ambas imágenes en una sola, tal y como pretendía la propaganda del régimen. Sólo entonces comprendí la rabia que debió sentir Lana al entrar en su despacho todos estos años y ver la cara del culpable de la desaparición de su ser más querido colgado en la pared.

Homs era un pozo sin fondo y un hervidero de sueños. Suele olvidarse que antes de que se convirtiera en la capital de la revolución, sus gentes sobrevivían a las infamias diarias. Nimiedades comparado con la dureza de esta lucha en la que ahora se desangra, pero que integrados en su contexto, se vuelven testimonios reveladores sobre su capacidad de sufrimiento.

La mezquita de Khaled Ibn Al-Walid /Laila Muharram
Zena, mi vecina, también vino a despedirse. “Me levanto cada mañana sólo para saber qué me depara la vida”. Esa frase resumía en pocas palabras la precaria situación de los jóvenes en Siria con pocos recursos. Esta chica de 30 años trabajaba de sol a sol para salir adelante como profesora de árabe. Su vida era lo que hacía. Aquel día me expresó sus temores. “Tengo miedo de lo que pueda ocurrir si me es imposible trabajar. Podría irme a Damasco pero aquí tengo a mi familia y tengo que cuidarla”, me dijo el último día que la vi.


También se presentó mi primo Ibra en casa para decirme adiós. Durante los últimos meses, me había invitado a comer a su casa una vez a la semana. Como si todos quisieran compartir conmigo un último secreto, me dijo con la mirada perdida: “Si no hubiera pasado 15 años en la cárcel por algo que no hice, ahora podría ser médico o ingeniero. Era muy inteligente con tu edad.” Pensé en su pequeño negocio que había heredado de su padre. También en lo que podría haber sido si el estado de emergencia no hubiera existido jamás.
Niños celebrando el Eid al Adja en 2010 / Laila Muharram

La vida continuaba aunque pareciera que todo se detenía. En los vídeos que emitía alyazeera, los manifestantes de Deraa gritaban “el pueblo quiere la caída del régimen”. Sólo era el germen de las protestas. Recuerdo haber visto a Ibra gritando “Revolution, revolution” mirando la tele con la esperanza en los ojos. También la presencia de su mujer en el marco de la puerta moviendo la cabeza en señal de desaprobación. “Ahora debes pensar en tus hijos”, decía.

Por último, se presentaron mis primos segundos. -“¿Qué tal estás conspirador?”- “Yo bien. ¿Y tu salafí?”- Así se saludaban entre ellos aquel día tan amargo. Bromeaban sobre su condición y sobre las mentiras que escupía la televisión siria sobre ellos. Se sentían privilegiados por estar viviendo todo aquello. Muchos que se habían marchado al extranjero para trabajar no podían decir lo mismo. Allí sólo había oportunidad para unos pocos y los demás debían emigrar a los países del golfo para subsistir. Miles de sirios, una generación entera de jóvenes esperanzados, creían que todo eso iba a cambiar pronto. Hoy están muertos. Pero esa historia ya la conocéis.


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