Pensamientos de un corazón apasionado

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Hace dos meses que vivo en un hotel muy especial de Ammán. Está regentado por un palestino-jordano de casi 80 años que pasó la mitad de su existencia en Australia y que, tras jubilarse, emprendió el proyecto más difícil de su vida: inaugurar un hotel en pleno Oriente Próximo, donde los acontecimientos son tan impredecibles como los juegos de azar.

Tras probar suerte en Siria y descubrir que una revolución atrae todos los peligros menos clientes, decidió tomar las riendas de un hostal viejo de la capital jordana, con unas vistas privilegiadas del centro histórico. Un anuncio colgado en una página de intercambio demandando colaboradores me abrió las puertas de un país del que apenas conocía nada.

Llegué como llega cualquier voluntaria, resignada al trabajo duro, y es lo que precisamente encontré. Pero tenía ilusión, y esa es una de las cosas que no quiero perder, la ilusión por el idioma, la ilusión de mantener conversaciones con refugiados sirios en el ático, fumando narguile hasta las tantas de la madrugada, aunque lo que tengan que contarme sea desgarrador.

El árabe me trajo aquí, que es una asignatura pendiente desde que tengo 17 años. Cada día, a algún turista se le ocurre preguntarme una de las cuestiones más incómodas: “¿Por qué no te enseñó tu padre de pequeña? Hubiera sido más fácil.” Me lo han preguntado tantas veces que ya no se me hace el nudo en la garganta del principio. Con el tiempo comprendes que no puedes echar la culpa a los demás de tus limitaciones y que eso sólo lo hacen los cobardes.

Dicen que la única forma de aprender un idioma es vivir en el país donde se hable y conservar un círculo de amistades con gente local. Yo vivo y trabajo con gente árabe de muchas nacionalidades: de Sudán, de Jordania, de Egipto y de Siria. Aun así NO ES SUFICIENTE. Sólo saco verdadero provecho si ando con un cuaderno a todas partes, escribiendo cada cosa nueva que dicen, a pesar de que me aconsejan que “no lo escribas, que es dialecto.” Lo escribo exactamente por eso. No soy capaz de retener nada sólo con oírlo, o al menos muy poco.

Pero vivir rodeada de personas que han emigrado como tú tiene algo muy positivo y es que todos nos apoyamos los unos a los otros. Tienes múltiples relaciones de amistad a la vez y eres capaz de ver todo el espectro. Si un día Husein se ha olvidado de dejar toallas en las habitaciones recuerdas que el día anterior te ha confesado que su chica se ha prometido con otro porque no tiene dinero que ofrecer a su familia como dote, mientras el jefe te pide que le exijas lo mejor de sí mismo para que todo esté perfecto por la mitad del salario mínimo. Qué necesario es a veces comprender.

Y con todo, hay cosas incomprensibles. Como que entre a trabajar una mujer  - que además sea tu nueva jefa-  y te declare la guerra. De todas las cosas que una mujer –y además extranjera- tiene que soportar en un país árabe, cuesta imaginar que una persona de tu mismo sexo sea el núcleo importante de tus problemas. Al principio, intentas ignorar el hecho de que te exige trabajos que hasta ahora no habías hecho. Luego, alguien te comenta que tiene celos de ti y te echas a reír.

Y finalmente ocurre un episodio tan maquiavélico que te abre los ojos: que alguien de confianza te asegure que, mientras buscabas habitación en el único día libre que te han dado en semanas, se dedique a decirle al dueño del hotel que has quedado con el chico nuevo. La rabia no sólo te revuelve las tripas por la mentira, sino por todas las cosas a las que renuncias para poder “encajar” en un ambiente tan masculino: a la sauna que todos usan, a  establecer amistades muy evidentes con algún compañero de trabajo, a vestir como sueles… la lista no tiene fin. Para comprenderlo hay que ser mujer. Lamentablemente, muchos árabes con los que hablo piensan que las extranjeras somos fáciles. Ella les estaba dando motivos  para seguir pensando así.

¿Pero de qué sirve ponernos trampas a nosotras mismas? Creo que nunca llegaré a comprenderlo. Al día siguiente, sus explicaciones eran aún más absurdas. “Llegaste con tu cara de niña y él no pudo negarte el día libre, mientras que yo llevo días esperando a que me conceda uno”. Ni siquiera sirvió de nada que le pidiera otro tipo de trabajo con tal de no verla a menudo. “Pero él te quiere en la cafetería, porque eres una chica joven y las extranjeras agradecen verte” y lo dijo como si ya hubiera pensado en lo que le proponía. Creo que no se puede hacer nada ante una persona que te odia sólo por tu presencia, simplemente tener paciencia e ir de frente.

No me arrepiento de haber venido. Aquí estoy sólo yo, aquí están sólo mis metas, sólo queda caminar, caminar y caminar sin descanso. Me sostiene un corazón apasionado. Es suficiente.


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