Depurando mis gafas

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Hoy escribo para pedir perdón por haber abandonado este blog. Durante este período de dolor por lo que ocurre en Siria, apenas encontraba las palabras para expresar esa verdad trasvisible que quiero atrapar con las manos y que se me escapa.

El 4 de julio haré un año en Jordania. Mirar los últimos 10 meses da un poco de vértigo. Todas las razones que me animaron a emprender esta aventura siguen ahí, palpitantes. Uno se marcha con la convicción de que su sitio está en otra parte y acaba descubriendo que no tiene sitio, que su verdadero hogar está donde habita su pasión. Y si tu pasión es escribir, tu pasión es itinerante.

He tenido que irme lejos para comprender que cuando uno no se dedica a su pasión es porque algo falla, no precisamente relacionado con su entorno. Al contrario, tiene que ver con la capacidad de asumir retos, miedos y también pequeñas victorias. Nos olvidamos que muchas veces ganamos cuando perdemos.

Nos pasamos la vida culpando al mundo de nuestras derrotas, de nuestras miserias. Pero el verdadero enemigo, ese ser que más nos menosprecia,  tiene nuestro nombre y el mismo reflejo en el espejo. Comparte nuestro lecho cada noche. Desayuna, come y cena con nosotros. Quizá por eso nos aterra, porque nos ha acompañado y nos conoce, ha compartido ilusiones y sueños y es el vivo testimonio de todos nuestros golpes y desengaños.

Y como nos da vergüenza nuestra propia decepción, intentamos expulsar de nosotros el testigo incómodo que nos recuerda, a nuestro pesar, que una vez nos aferramos a la esperanza de que la vida sería diferente. El ser humano es ese absurdo animal que se ha civilizado de tal forma que no sabe sufrir. Huir del sufrimiento es una quimera porque es parte de nuestra trayectoria vital. Aprender a sufrir es dejar abiertas las puertas del alma para liberar todos los miedos que nos esclavizan.

Si dedicáramos todo ese tiempo malgastado -huyendo del dolor- a liberarnos del sufrimiento asumiéndolo, el mundo sería un lugar diferente.

Empiezo una nueva etapa en este blog, con la intención –aunque debería decir compromiso- de que escribiré con más asiduidad. No puedo prometer que serán siempre cosas de interés general, que a veces me escaparé por los recónditos rincones de mi misma, pero espero que sirvan de inspiración, motivación o incluso para robarle una sonrisa a alguien. 

Dicen que hablar de uno mismo es egocéntrico y nefasto en el mundo del periodismo. Y reconozco que quitar espacio en Internet a las voces que realmente sufren me hace sentir mezquina y culpable. Pero el mismísimo Gabriel García Márquez  decía que uno debe empezar a escribir hablando de uno mismo, que es lo que mejor conoce. Y yo parto de la convicción de que nadie puede ser buen escritor y transmitir buenas historias, si no es capaz de forjar con la escritura su propia historia. Nadie puede hablar con claridad de lo que le rodea si no ha depurado primero las gafas por las que mira el mundo.

Hasta pronto.


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